blog - hola y adios

Rocketman

1024 681 Oido Colina
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Y lo jodido es que ni siquiera soy astronauta, ni de la Nasa , ni de cualquier agencia de ese tipo, que dan caché ¡Puta vida! A mi, que me acojona coger avión, no te cuento viajar a un planeta como este. Pero no hay otra, de verdad.

Hace un año me detectaron un linfoma de Hodgkin en estadio IVB y hasta ese momento no había oído qué cojones era eso. Resulta ser un cáncer del sistema linfático y de crecimiento rápido. Afectaba, con un tamaño entre una naranja y una pelota de balonmano, a mi glándula Timo, en el medio del pecho insertado entre mi esternón y mis costillas, abrazándose entre si y queriéndose todos la hostia por formar parte de mi tísico cuerpo. Tenia afectados, además, los dos pulmones y toda mi médula ósea. Una maravilla de pronóstico que, a porcentajes, era como lanzar una moneda al aire para sobrevivir.

Cuando te hacen sentir que tu vida va de tirar una moneda al aire, en una cara hay vida y en la otra muerte. Solo se te ocurre lanzar la moneda tan fuerte hacia arriba para que la gravedad no tenga forma de traerla de vuelta.

Antes de que pudiera digerir esta noticia de mierda me dijeron que con todo el tratamiento que me venía por delante, si sobrevivía seguramente me quedaría estéril. Momento en el que mi castillo de arena, construido durante años con pensamientos idílicos de formar familia, se derrumbó con ese escupitajo cutre salido desde la boca del doctor. Me tranquilizó al recetarme una masturbación express en menos de 12 horas y sugerirme que una agencia de criogenia congelara mi descendencia en unos tubos para la eternidad. Así, cuando yo los necesitara, estarían mis Walt Disneys esperando despertar de esta puta pesadilla y crear una nueva vida.

Yo allí estaba en mi cama de plástico, tumbado y procesando toda esta actualización de software, tratando de no volverme loco y no cortarme las venas con el primer bisturí que tuviera a mano. Me cagué en Dios y en toda su puta tropa de apóstoles, mesías, mensajeros, en las energías, los chakras y todos los discursos de mierda empeñados en formar parte de un engranaje superior, y también del “todo pasa por algo” y “el destino es algo que está escrito”.

Me horroriza la idea de ver a mi madre perder a su único hijo o ver a mis amigos llevando un ataúd a hombros en una iglesia decrépita y muriendo por no gestionar su éxito milenario. Tengo la sensación de no haber alcanzado ninguno de los sueños por los que peleo cada mañana al despertar. Siento que he malgastado mi tiempo y mi vida complaciendo a los demás, y he redundado en la idea de quién debía ser, comportándome como tal. Sospecho que jamás alcanzaré mi paraíso terrenal corriéndome de placer a diario, por lo maravilloso que simplemente es vivir.

Mi tratamiento de quimioterapia empezó mal. La primera idea estándar de lanzar pequeñas granadas de veneno a mi tumor una vez por semana fue como burlarse de él en su puta cara. Así que decidió seguir creciendo. Para Noviembre avanzaba peligrosamente hacia el colapso total del sistema. Cambiaron a un tratamiento un poco más agresivo de quimioterapia veinticuatro horas durante siete días seguidos una vez al mes ¿Os imagináis que le pareció a mi tumor esta idea no? Otra basura cutre de negocio farmacéutico anticuado. Él siguió creciendo dejándome a mi prácticamente como un cadáver viviente de poco más de cincuenta kilos de peso y con la energía justa para poder levantarme de la cama sin ganas de hacerlo.

Y así llegamos a Navidad él y yo, con la idea creciente en mi cabeza de comprar un revolver y pegarme un tiro porque no soportaba más ni el dolor propio, ni el dolor causado a mi alrededor; gente que me quiere viéndome así. Conseguí crear una versión alternativa de mí mismo que no perdió la sonrisa y se rió de todos y de todo. Sin filtros y con licencia para despellejar a cualquiera. Al fin y al cabo, cada día era un paso más hacía el más allá y una oportunidad para dejar en el más acá cuantos cadáveres pudiera.

Los scanners de mi cuerpo corroboraron que el tumor no reducía y seguía consumiéndome poco a poco. Para febrero habíamos agotado todas las alternativas “quimioterapéuticas” conocidas sin éxito, así que empezamos con la inmunoterapia. Esto ya me sonaba a estar llegando a un punto dónde la medicina se estaba quedando sin respuestas. Y me acordé de todos los recortes y robos de quienes manejan los hilos por una posición más alta en la pirámide social de este maravilloso mundo que hemos creado entre todos. Por mi se pueden ir todos al carajo y esperar tranquilos a que lleguemos a encontrarnos un día en algún planeta.

Mi primera inmunoterapia consistiría en introducir en mi cuerpo una especie de Inteligencia artificial que buscara las células cancerígenas. Les haría el cortejo clásico de discoteca cutre para irse a solas con ellas, pegarles un polvo y cuando estuvieran bien juntitas liberar veneno y morir unidas como Romeo y Julieta. Mis células cancerígenas debieron ser muy listas, solitarias y con poco aprecio al contacto externo. O bien, dicha torpeza futurista muy poco atinada, porque tampoco resolvió nada. Bueno, algo si hizo. Aparte de calambres e insomnio crónico, me dejó insensible la yema de los dedos. Y a mi polla perpetuamente flácida, incluso en los amaneceres.

Así de maravilloso era mi mundo para cuando llegó la primavera. Las fuerzas ya escaseaban en casi todo y la cosa se complicó cuando las fiebres no bajaron de cuarenta grados. Dejaron de ser ocasionales para ser constantes y empecé a escupir sangre como si Linda Blair se adueñara de mi cuerpo. Recuerdo el último traslado al hospital en ambulancia, no era capaz de dejar de llorar. Y por lo muy lento que me pareciera todo, solo recuerdo en velocidad al ambulanciero que pareciera sacado de “Fast to Furious”. Me sentí estar muy cerca de la muerte por mi enfermedad, pero mas cerca por el modo de conducir del ambulanciero. Hubiese sido digno de abrir las noticias de Antena 3: “Catalán muere huyendo de la muerte”.

Una vez en el hospital me puse muy nervioso cuando mi hematóloga mientras me hablaba apoyaba su mano sobre mi pierna. Si un doctor estrecha lazos con un paciente es que la cuerda esta a punto de romperse. Confirmó que las pruebas determinaban que estaba jodido de verdad. Y que sólo nos quedaba un último tratamiento a probar antes de convertirme en el conejo blanco que busca “Alicia”, sin mamada, por flacidez. Me tranquilizó muchísimo ver el montaje de aparatos en mi habitación por una más que probable parada cardiorespiratoria si el tratamiento que estaba apunto de recibir no funcionaba. En ese momento recuerdo estar en paz, entendí que había llegado a la última pantalla del videojuego y que tenía que matar al monstruo o el monstruo me iba a matar a mí.

¿Sabéis que? Soy un puto viciado. Como a este juego ya me lo conocía bastante, esa noche jugué como nunca. Ni las bolas de fuego que salían de mi pecho, ni el sudor que hacía de mi cama un charco de mugre tóxica, ni los chillidos de la familia árabe sin respeto de mi compañero de habitación, iban a poder conmigo. Renegocié mis contratos con Dios, le pedí un crédito a Lucifer y traté de no parar de respirar, ni cerrar los ojos por si jamás los volvía abrir. Y los abrí….

Han pasado tres meses desde ese día. Si ves mi vida ahora, todo esto de lo que hablo parece de otra película. Mi polla funciona a pleno rendimiento. He recuperado fuerza, peso, incluso las ganas de vivir la vida que siempre he querido. Ahora toca el último viaje. El viaje a Marte en un box de diez metros cuadrados, aislado del mundo y recibiendo, trasplante de por medio, una nueva médula ósea. Espero no quedarme moñeco en el camino, ni orbitando la tierra desde otra dimensión y espero aterrizar de vuelta en treinta días con la misión más importante de mi vida, seguir viviendo.

¡Adiós! El Viaje a Marte ha comenzado…;

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