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Marte

1024 683 Oido Colina
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Mi cabeza desconectó una vez llegué al primer punto de control. Recorrí los 50 metros hasta mi box repitiéndome una y otra vez que llevaba esperando y preparándome para ese momento desde hacía un año. Me sentía mas fuerte que nunca, con confianza, y una vez llegado hasta ese punto me parecía imposible que nada pudiera conmigo. No obstante, una vez más, tratar de imaginar lo inimaginable es un ejercicio que deberíamos dejar de hacer para siempre.

Si no fuera por mi copiloto la travesía se hubiera vuelto insostenible y el regreso insoportable. La vida sin copiloto no tiene sentido. No hay viaje a ninguna parte que prescinda de semejante figura, ocupada a veces por una mochila. Sólo hay un viaje que se hace con uno mismo, y ese pasaje no esta a la venta. En mi caso, la mujer que me dio la vida se sentó en la butaca del acompañante, se cruzó el cinturón de seguridad, y partió hacia marte conmigo sin seguro de retorno. Cosas de madres.

El box recrea bien una mezcla entre un habitáculo de la “Entreprise” y una sala de experimentos de donde puede que nunca salgas. El lugar es triste de cojones, aunque lo intenten arreglar con colores claros, figuras arrenglonadas y techos de oficina. Jamás estuve en un lugar con tal densidad de carga emocional.

Lo que más me sorprendió de la fase de aclimatación es que el protocolo que precede al trasplante es un conteo regresivo de los días: el primer día que pasas allí adentro es el -7, y el día 0 es el del trasplante, o sea, el formateo de disco. Este estilo médico de entender el tiempo me resulta una pretensión esotérica, pero me gusta.

El primer regalo fue trasladarme al quirófano para instalarme un HitMan, otra especie de prótesis “Ironmaniana” al lado del corazón. Muy discreta pero sin coquetería, lleva dos tubos que me surgen del pecho izquierdo, y se suman a mi ya obsoleto “Portacath”, que llevo incrustado en el lado derecho desde que todo empezó. Juntos los dos artilugios hacen de mi pecho un lugar maravilloso para enredarse e intimar conmigo.

Una vez que te quedas solo en ese lugar te das cuenta de la fragilidad de cualquier idea o pensamiento previo que hayas madurado. Es una certeza que la mente crea una falsa seguridad sobre el control de nuestras vidas, por tal motivo nos vendría bien unas clases de interpretación y conocimiento de ella, mucho más que cualquier uso que le damos habitualmente.

Los tratamientos previos de los días -6 hasta el 0 se basan en quimioterapias diarias concentradas y sus clásicos “defectos” secundarios ya conocidos. Radioterapia total del cuerpo que, a efectos prácticos, te deja como si te hubieras tirado de un avión sin paracaídas. Aún no lo había probado y es altamente no recomendable.

Luego comienzan a crearse los primeros vínculos con el personal de abordo, muy importantes cuando llegas a las zonas de turbulencias espaciales. Son días extraños en los que desarrollas una percepción amplificada de cualquier detalle interno de tu propio cuerpo. Tomas consciencia real del lugar donde estás y de tus compañeros de viaje de los box colindantes. Los guardo a todos en el corazón y sé que siempre formarán parte de este viaje. Especial es mi doctora Guadalajara. Sigo enganchado a ella y quiero volver a verla, pero sin bata blanca y en cualquier otra parte.

Por encima de todo sobresale sentir como crece la evolución del miedo. A todos nos da miedo “el miedo”, es una obviedad. Ni tan siquiera queremos saber a qué le tenemos miedo y tratamos de huir constantemente de él. Es en ese lugar, ahí adentro, que el miedo a morir es tan real y dominante que la única forma de convivir con él es aprender a quererlo. Sé que puedo sonar a puto loco y que parezca que me la sopla vivir, pero no es más que la simpleza de liberarte de la creencia que estar vivo es mejor que estar muerto ¿Alguien lo sabe?

La verdad es que es frustrante el misticismo con el que te quieren vender el trasplante. Esa especie de renacimiento a partir del momento en el que la nueva médula entra en ti inyectada como un chorro de felicidad, llegada desde el Summer’69 con una sobredosis de MDMA, Marihuana y LSD bajo el brazo. Su banda sonora de guitarras acústicas, un inspirador aroma a libertad y letras que llegan al corazón, que tocándome con la varita de “paz y amor” borrarán de un plumazo todo lo vivido hasta ese momento ¡Y una Puta mierda! Ni se le parece. Pero ¡Bendito sea el donante allí donde esté!

Para cuando tu cuerpo está preparado para recibir la nueva médula es una carcasa vacía de defensas, las fuerzas inexistentes y en paradero desconocido. El alma esperando en la tierra a que vuelvas, sin saber si lo harás, y la mente, en búsqueda y captura, tratando de contactar con algún ser de otra dimensión. Así que, más que estar llegado a Marte, te sientes un marciano con una conciencia disgregada por completo.

Para el tercer día de trasplante la “Psicodelia Lifestyle” es lo tuyo. La sensación de perdida del espacio-tiempo aumenta exponencialmente, sin frenos, y viajando a la velocidad de la luz. Además de la pérdida de movilidad, sentido del olfato, el gusto, una apatía monstruosa, un vértigo incontrolable y un montón de cosas que no quiero ni recordar, no soportaba ruido de cualquier tipo. Y menos del pitido de las putas maquinas bombeando medicamentos constantemente veinticuatro horas. Me he quedado con la ganas de destrozar alguna, a puerta gayola y con guitarra, como una estrella de rock.

Una vez el cuerpo físico llega al límite aparece la parte psíquica. Es una especie de pérdida de identidad propia y desconexión de cualquier sentimiento. Odias la presencia humana, sus abrazos, sus lágrimas y prefieres no establecer contacto emocional con nadie. A la vez te sientes como un auténtico miserable por sentirlo y te cuestionas si realmente mereces estar vivo por ello. No podéis imaginar lo que pesan las lágrimas que caen solas. Supongo que es lo más cerca que he estado del sentimiento del suicida inducido, que más que querer morir no soporta vivir así. Entendí porqué a la única ventana del camarote espacial le habían quitado la maneta ¡Malditos sean!

El dolor por todo el cuerpo era tan grande que me pasaba los días deseando la inyección de morfina cada cuatro horas. Es la puta ostia como entra en tu cuerpo, tan placentera. Honestamente, la echaré de menos. Sentir como sales de tu cuerpo con una brisa cálida envolviéndolo, flotar donde nada importa, nada duele, nada existe. Allí arriba, en medio del globo, intentando conversar con Dios sin esperar a que responda.

Cultivé la extraña sensación de que el Cielo y el Infierno se parecen tanto que debieran ser la misma cosa. Así que, si Dios existe, debe odiarnos y amarnos sin la torpeza humana de tener que definir esos dos conceptos en apariencia tan opuestos. Ya te digo que le flipa por igual prendernos fuego que darnos algo de luz.

Me encantaba estar morfínico, tan arriba, tan flotando. Dejó de importarme si la nave iba a ser capaz de traerme de regreso a la tierra o no. La vida sigue siendo ese capricho azaroso que nunca depende de lo que uno quiere, pero aquí estoy, aterrizado y de vuelta. La reconexión entre mi cuerpo y mi flamante médula tampoco está siendo caminar de la mano de Judy Garland por los “Mundos de Oz” esperando encontrar la ciudad esmeralda al final. El brebaje multicolor de cocktail pastillero que tomo a diario me ayudan a soportar el amasijo de huesos en el que me he convertido. Mitigan el hartazgo que provocan el listado de prohibiciones , restricciones y encierro recetado, más propio de un convicto que de un astronauta improvisado.

Ansío hacer brillar la oscuridad desplegando mis alas negras cansado de mirar el mundo a través de los cristales de mi colina, sintiendo que volver no es igual que estar de vuelta. Me echo de menos más que cualquier cosa que haya perdido en el trayecto. Sigo fumando a diario en mi cabeza, y es una cuestión fugaz dejar de hacer equilibrismos sobre una cuerda que deseo que se parta, y nicotina en vena pegarme la borrachera del milenio para brindar por todos aquellos que, con la moneda de plata bajo la lengua, subieron a la Barca de Caronte y cruzaron la orilla sin regresar.

Anhelando que la felicidad me encuentre pronto, prometo, sombrero puesto, disfrutar de mis cien años de penitencia vagando sin expectativas, por el purgatorio de esta gran sala de espera a la que llamamos tierra.

Marte, rojo y negro, falta y pasa, no va mas…;

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